lunes, 24 de julio de 2017

Alejandro Magno


¡Cuántos Alejandros Magnos necesitaría hoy la política española para resolver su podredumbre intelectual! Sólo con que alguno de sus líderes pudiera aplicar una mínima brizna del talento intelectual del glorioso macedonio y de su brillante capacidad para resolver las mayores de las dificultades inimaginables -y no sólo militares- nos daríamos por satisfechos. O simplemente con que ellos, o sus asesores, se hubieran leído algunas de sus eficaces estrategias políticas para alcanzar acuerdos que parecen imposibles, aunque sea partiendo desde el más profundo de los odios para llegar a más ecuánime y generoso de los acuerdos. De hecho, aún podrían están a tiempo nuestros representantes de alcanzar un consenso y sacar al país de la ingobernabilidad si se acercan hasta el domingo a Mérida y se limitan a escuchar. Algo habríamos ganado con ello.
Porque la dirección de la obra que ejecuta Luis Luque para la representación de Alejandro Magno es sencillamente espectacular. Su relato atrapa al espectador de principio a fin, resolviendo la nada sencilla trama que representó la histórica batalla -la última- del legendario rey macedonio en su conquista de la India, la última tierra conocida, el último reino donde se encontraba por entonces el límite del fin del mundo.
Ya parece una contradicción que esta monumental figura legendaria no se hubiera representado nunca en este certamen. Y su estreno no ha podido ser más satisfactorio, solventado con eficacia por el estupendo papel que juegan los actores corales en la representación. La mayoría de ellos (Félix Gómez, Armando del Río, Aitor Luna, Unax Ugalde y hasta Diana Palazón) se han forjado en series de televisión, lo que no les impide, al contrario, el contar con el talento suficiente para que el enorme escenario del Teatro Romano no les engulla.



Y, por momentos, hasta consiguen brillar con luz propia, como sobre todo en el caso de Félix Gómez, que logra los mejores momentos de Alejandro Magno cuando interpreta las dudas del todopoderoso guerrero en la noche antes de la gran batalla; cuando todo ese poderoso mito, ese coloso admirado por el mundo, muestra sus dudas y contradicciones, cuando se asusta como un niño cuando no ve las estrellas; cuando no puede dormir porque se convierte en carnal, humano y temeroso, cuando mira en su interior, dentro su corazón: "Ni yo mismo sé quién soy". O cuando, en otro de los grandes momentos, comparte sus conflictos interiores con el del general Armando del Rey (Hefestión), que le transmite la intención de sus soldados -que le adoran- de regresar a casa. La escena transmite que Hefestión y Alejandro son algo más que amigos...
 Critica diario el Mundo

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15/07/2016  12:22 DIARIO EL MUNDO ¡Cuántos Alejandros Magnos necesitaría hoy la política española para resolver su podredumbre intelectua...